La sonrisa del Mimo
…Había una vez una ciudad, con una plaza. La gente andaba loca aquellos días. Todo eran prisas, luces en la calle, villancicos en las grandes superficies, papeles de regalos se pasean por las calles envolviendo paquetes que contienen regalos más o menos útiles. “Esos” aires navideños se dejan sentir a través de las luces, colores y canciones. En medio de esta ciudad, en su plaza, un Mimo vencía las prisas, el frío, el ruido de los coches, y las carreras de los niños. Y todos pensaban que estaba ahí para que lo miraran, y en realidad era él, el que estaba observando.
En ese ir y venir de paquetes, bajaba una señora cargada con sus paquetes, y un señor despistado, y ante la cantidad de gente agolpada andando y hablando por la callé, chocó con ella. Todos los paquetes, los de uno y los de otro, cayeron al suelo. Y ambos se liaron en una discusión absurda. Que si “me ha roto mis regalos”, que si “mire por dónde anda”, que si “mire mis guirnaldas, han acabado en ese charco”, que si “pues usted me ha roto mi árbol de Navidad”, que si “pero bueno, no me entretenga que llego tarde”, que si “ande ande, que la culpa es suya”. Y toda la discusión se desarrollaba ante la atenta e inmóvil mirada del Mimo. A la discusión se unió otras personas que decían “oiga, que la culpa es suya, mire por donde anda”, y también “oiga, ayude a la pobre señora, que le ha tirado todo”. Otros pasaban de largo, agarrando con más fuerza sus bolsas y paquetes, y otros ni tan siquiera se dieron cuenta de la pelea, pues las luces de los escaparates les nublaba la vista. Algunos incluso en sus prisas, llegaron a pasar tan cerca del Mimo que con poco más lo hubieran hecho caer. “Tengan cuidado con el Mimo” dijo una voz que pareció muda entre la multitud de gritos. Un señor con aires desafiantes se dirigía con los brazos en alto hacia otro señor, mientras una señora no dejaba de gritar…, y en eso, una risa infantil, los hizo pararse a todos. Una risa que se escuchaba con precisión y que a pesar de ser suave y tranquila, resaltaba por encima de sus voces desafiantes. Todos giraron la vista y allí, ante ellos una niña reía con un globo con forma de flor que el Mimo, junto a una sonrisa, le ofrecía. Entonces alguien descubrió la paz que brotaba de aquella estampa y se dio cuenta de que llegaba la Navidad.
“¿Pero qué nos pasa?, ¿acaso no nos damos cuenta de que llega la Navidad y que lo importante no son los regalos, ni las guirnaldas, ni las luces, ni los colores?, ¿no nos damos cuenta de que estamos en fechas de perdón, de amor, de compartir y de paz?. ¿Qué Navidad tendremos si dejamos a Jesús fuera de ella?” dijo este señor.
“Por favor, no digas tonterías, la paz y la sonrisa de esa chica la ha producido la moneda que ha caído en el gorro del Mimo” dijo otro señor al que no le hizo mucha gracia eso de amor, paz y Jesús.
“Veo que no lo has entendido, no somos nosotros los que nos paramos a ver al Mimo, es él, el que está ahí quietecito mirándonos a nosotros, observando nuestras prisas y nuestras discusiones… y aún así, siempre que lo miramos está sonriendo y dispuesto a ofrecernos lo mejor que tiene. Yo pensaba que éramos nosotros los que hacíamos que se moviera el Mimo, y sin embargo es él, el que nos transmite “el movimiento” a través de su sonrisa. Y no te dejes engañar, la moneda es, tan solo, la manera metafórica que representa el respeto, la escucha y el entendimiento que se pide para que el Mimo te transmita la paz, la justicia y el amor”.
En ese ir y venir de paquetes, bajaba una señora cargada con sus paquetes, y un señor despistado, y ante la cantidad de gente agolpada andando y hablando por la callé, chocó con ella. Todos los paquetes, los de uno y los de otro, cayeron al suelo. Y ambos se liaron en una discusión absurda. Que si “me ha roto mis regalos”, que si “mire por dónde anda”, que si “mire mis guirnaldas, han acabado en ese charco”, que si “pues usted me ha roto mi árbol de Navidad”, que si “pero bueno, no me entretenga que llego tarde”, que si “ande ande, que la culpa es suya”. Y toda la discusión se desarrollaba ante la atenta e inmóvil mirada del Mimo. A la discusión se unió otras personas que decían “oiga, que la culpa es suya, mire por donde anda”, y también “oiga, ayude a la pobre señora, que le ha tirado todo”. Otros pasaban de largo, agarrando con más fuerza sus bolsas y paquetes, y otros ni tan siquiera se dieron cuenta de la pelea, pues las luces de los escaparates les nublaba la vista. Algunos incluso en sus prisas, llegaron a pasar tan cerca del Mimo que con poco más lo hubieran hecho caer. “Tengan cuidado con el Mimo” dijo una voz que pareció muda entre la multitud de gritos. Un señor con aires desafiantes se dirigía con los brazos en alto hacia otro señor, mientras una señora no dejaba de gritar…, y en eso, una risa infantil, los hizo pararse a todos. Una risa que se escuchaba con precisión y que a pesar de ser suave y tranquila, resaltaba por encima de sus voces desafiantes. Todos giraron la vista y allí, ante ellos una niña reía con un globo con forma de flor que el Mimo, junto a una sonrisa, le ofrecía. Entonces alguien descubrió la paz que brotaba de aquella estampa y se dio cuenta de que llegaba la Navidad.
“¿Pero qué nos pasa?, ¿acaso no nos damos cuenta de que llega la Navidad y que lo importante no son los regalos, ni las guirnaldas, ni las luces, ni los colores?, ¿no nos damos cuenta de que estamos en fechas de perdón, de amor, de compartir y de paz?. ¿Qué Navidad tendremos si dejamos a Jesús fuera de ella?” dijo este señor.
“Por favor, no digas tonterías, la paz y la sonrisa de esa chica la ha producido la moneda que ha caído en el gorro del Mimo” dijo otro señor al que no le hizo mucha gracia eso de amor, paz y Jesús.
“Veo que no lo has entendido, no somos nosotros los que nos paramos a ver al Mimo, es él, el que está ahí quietecito mirándonos a nosotros, observando nuestras prisas y nuestras discusiones… y aún así, siempre que lo miramos está sonriendo y dispuesto a ofrecernos lo mejor que tiene. Yo pensaba que éramos nosotros los que hacíamos que se moviera el Mimo, y sin embargo es él, el que nos transmite “el movimiento” a través de su sonrisa. Y no te dejes engañar, la moneda es, tan solo, la manera metafórica que representa el respeto, la escucha y el entendimiento que se pide para que el Mimo te transmita la paz, la justicia y el amor”.
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